lunes 16 de noviembre de 2009

Palabras...

Doscientas entradas y más de un año de vida contemplan mis renglones a veces torcidos, a veces serenos pero siempre repletos de la tinta roja de la vida. Ahora estos renglones acuden al punto y aparte y se alojan en otras páginas, reflejo necesario de mis inquietudes. Tras miles de palabras y cientos de días a tu lado, te dejo la llave que te siga acercando a cada instante de mi vida.


Allí, escondido tras el espejo de mis historias, te espero...

jueves 12 de noviembre de 2009

Atrapado en este lado...


Te lanzo desde la única ventana al exterior que me queda palabras en papeles desarmados, de mi mano rota. Te deslizo los pedazos de mi canción destrozada a través de las líneas que nos separan, de los muros que me amenazan, de las horas que me ahorcan. Te anhelo en los días eternos en que nada acaba y me siento incompleto al observarme quieto en el cristal.
Se alargan las sombras acechando al otro lado en idas y venidas de las que tan sólo aprecio los pasos. Sus rostros de máscara manchada acosan los minutos y mis palabras explotan dentro de mí haciéndome escupir en voz baja.
Te escribo desde estas cuatro paredes grises que me anclan y que estiran de mi entusiasmo hasta convertirlo en lodo. Te escribo porque no sé donde te encuentras ni donde debo buscarte. Porque tú, como el resto de las cosas que me mantienen, te encuentras al otro lado, más allá de los barrotes.
Caducó en mí el deseo de rebelión y muestro mi cuello al más certero de los verdugos: la derrota. Desde aquí contemplaré la caida de los granos de arena e intentaré apresar el sol en esta ventana que me queda. La ventana de escapar, la de saltar, la que aproxima y aleja y entonces, esclavo y amo, sellarán el más traidor de los besos.

jueves 5 de noviembre de 2009

Renglones de vida...


Recoges retales de sueño atrapado en la red de tus interminables días. Te refugias indefensa en la mirada insinuada, de párpados pesados y pupilas contraídas. Derrotada tuerces el gesto con agresividad contenida, deseosa de volar por la ventana.
Agotaste la vida pronto, furia apagada con los humos de la edad, ceniza amarga que tuviste que tragar a bocanadas. Malgastaste cada hora pensando en la siguiente y malvendiste tu mañana pensando en el ayer. Quedaste sin darte cuenta atrapada entre los tiempos, marioneta del azar, condenada al eterno momento repetido, a la rutina y al tedio.
Y ahora te ahogas en tu vejez vacía, y en las páginas de tu libro jamás escrito el blanco de sus páginas te ciega para siempre. Observas, lees y no comprendes todo aquello que te reclama el precio de lo robado, de la vida no vivida, del incendio sofocado.
Vaga, pues, por tu linea descendente hasta el abismo que te aterra. Retuerce tus palabras para inentar esquivar el aburrimiento y recuerda, en el momento preciso en que olvides todo definitivamente, que un día estrenaste cuaderno y decidiste arrastrarlo muy lejos, más allá de los renglones de vida que pudieras haber trazado.

martes 3 de noviembre de 2009

Mundo de papel...


Se escondía agazapada en sus propias líneas, no encontrada. Inventaba un mundo de papel donde trataba de alejar su propia sombra de las frases estilizadas, más allá de los recuerdos.
Y triunfaba alguna vez sobre sus cuentos de amor infinitos, de paisajes curvos y arboledas, de cabellos del tamaño del arco iris y veredas. Mostraba apenas indicios de su valentía a los ojos de la Tierra y ladeaba el tallo al sol tibio de la media mañana.
Empezaba a cabalgar a lomos del caballo de la literatura siempre fiel, que dormía plácidamente a su lado, esperándola cada noche. Y cada noche la literatura la esperaba a los pies de la torre que ella misma había creado, sirviéndole de escala que hasta lo más alto la llevara. Crecía entonces hasta proporciones de fábula y se erigía en Reina de su Mundo, creado desde el viento y el papel, desde la estrofa más sincera a la tinta jamás gobernada.
Creaba entonces personajes cuya sombra jugaba con las adversidades, cuentos de final incierto donde aún las ranas escondían sorpresas y dibujaba caminos que llevaban a lugares de ninguna parte, ansiosos de recibirla entre el verde de sus árboles y el celeste de sus cielos de cartulina.
En su Mundo ella llevaba la pluma del escritor y podía traspasarlo a escondidas cada noche. Tan sólo para ella, al menos de momento.
Algún día sus personajes tirarán de su manga y abrirán definitivamente la puerta entre los dos mundos y ella, Reina esquiva de relato ensoñador, percibirá con una sonrisa lo fugaz y lo perpetuo, lo brillante y lo escondido, lo sagaz y lo inocente de su obra.

lunes 26 de octubre de 2009

El Café de las Sombras...


Me gusta que mis palabras se choquen contra los aromas de este rincón abandonado de la ciudad. Situado entre dos calles derrotadas por el paso de los viandantes se refugia el Café de las Sombras al amparo de un edificio del siglo XIX. Entrar aquí es viajar a otra época y mis viajes al pasado hacen que el tiempo presente se detenga como en una página de libro a la que se le presta especial atención.
Al abrir la puerta me recibe el ordenado murmullo de los clientes y la portentosa voz de la Piquer y Berta, la ostentosa camarera me ofrece con su sonrisa enorme y su voz chillona las habituales formas de cortesía y mi rincón favorito.
Resguardado de las corrientes de la puerta de entrada y estratégicamente situado en el cristal que da a la calle, saco mi cuaderno mientras Berta ya coloca mi café humeante con un chorro de nata en una de las esquinas de mi mesa.
La soledad acompañada que me regalan los personajes que por aquí se dejan caer me brinda la serenidad necesaria para que las palabras lleguen a mis párpados, a mi mano y de ahí a mi pluma, que las derrama sobre el papel. Algunos de estos papeles escritos de manera salvaje (entendamos salvaje por instintiva) yacerán arrugados en la papelera que me acompaña. Otros, sin embargo, pasarán a formar parte de mi ejército de textos como eternos soldados de mis ataques a discrección contra amores y dudas. A pesar de que alguno de ellos morirá en la batalla contra mis inseguridades, otros llegarán hasta sus manos, de ahí a sus párpados y quizás, según quiero yo soñar, a su corazón.
No obstante, cuando nace de alguna parte de mí alguno de esos cúmulos de palabras, albergo siempre la tímida esperanza de que ser leído me lleve hasta sus ojos y pueda volver a perderme en sus pupilas irisadas de dulces brumas.
De este modo transcurren las horas al calor del Café de las Sombras, eternizadas en mis hojas que describen vientos y lluvias otoñales, amores y desganas, voces y susurros. Y puedo recuperar en ellas los acordes sentimentales que tañían dentro de mí en aquellos momentos en que fueron concebidas. Entonces vuelvo a mi mesa de siempre y la vuelvo a ver entrar con su aire tímido y arrebatador y pedir un café sentada en la mesa de en frente. Puedo entonces volver a ver su abrigo sobre la silla de al lado y su cuaderno idéntico al mío y su mano estilizada surcando el papel suave.

"Recuerdo entonces cuando te levantaste mientras yo te miraba furtivamente y nuestras miradas se cruzaron y cómo tú, distraídamente, abandonaste una de tus hojas sobre el mármol de tu mesa antes de cruzar para siempre (hasta el momento) la puerta del Café.
Mis manos alcanzaron torpemente el huérfano papel y mis ojos lo leyeron con avidez atropellada. Tan sólo el eco de tus palabras reflejado en él, con una voz dulce que tan sólo alcanzo a imaginar. Y en el papel amputado del cuaderno que te llevaste para siempre, escrita una frase comienzo quizás de algo más grave y extenso. Una frase que me hace volver todos los días a esa tarde de otoño, la más corta del año, al Café de las Sombras a buscar de nuevo tu abrigo y tu mesa ocupada y poder oir entonces de tus labios la frase que dejaste aquel día como por olvido sobre la mesa que yo escribía en mi cuaderno:"

Podría haberse pasado dos vidas sentado observándola y habría sido incapaz de levantarse para intercambiar unas palabras, quizás definitivas, con ella. Quizás la duda lo abrasaría para siempre cuando leyera las líneas que ella había dejado sobre la mesa al marcharse. Lo cierto es que había pasado de escritor a personaje por la voluntad de ella y así, con la esperanza de volverla a encontrar en el mismo sitio y a la misma hora, vendrá día tras día hasta que el tiempo concluya con ese encuentro soñado más allá de sus cuadernos. Mientras tanto, espera en el Café de las Sombras escribiendo historias que lo hagan sentir un poco más cerca de Ella de un modo que le devuelva la fugacidad de las hojas sobre el mármol otoñal.