jueves 5 de noviembre de 2009

Renglones de vida...


Recoges retales de sueño atrapado en la red de tus interminables días. Te refugias indefensa en la mirada insinuada, de párpados pesados y pupilas contraídas. Derrotada tuerces el gesto con agresividad contenida, deseosa de volar por la ventana.
Agotaste la vida pronto, furia apagada con los humos de la edad, ceniza amarga que tuviste que tragar a bocanadas. Malgastaste cada hora pensando en la siguiente y malvendiste tu mañana pensando en el ayer. Quedaste sin darte cuenta atrapada entre los tiempos, marioneta del azar, condenada al eterno momento repetido, a la rutina y al tedio.
Y ahora te ahogas en tu vejez vacía, y en las páginas de tu libro jamás escrito el blanco de sus páginas te ciega para siempre. Observas, lees y no comprendes todo aquello que te reclama el precio de lo robado, de la vida no vivida, del incendio sofocado.
Vaga, pues, por tu linea descendente hasta el abismo que te aterra. Retuerce tus palabras para inentar esquivar el aburrimiento y recuerda, en el momento preciso en que olvides todo definitivamente, que un día estrenaste cuaderno y decidiste arrastrarlo muy lejos, más allá de los renglones de vida que pudieras haber trazado.

martes 3 de noviembre de 2009

Mundo de papel...


Se escondía agazapada en sus propias líneas, no encontrada. Inventaba un mundo de papel donde trataba de alejar su propia sombra de las frases estilizadas, más allá de los recuerdos.
Y triunfaba alguna vez sobre sus cuentos de amor infinitos, de paisajes curvos y arboledas, de cabellos del tamaño del arco iris y veredas. Mostraba apenas indicios de su valentía a los ojos de la Tierra y ladeaba el tallo al sol tibio de la media mañana.
Empezaba a cabalgar a lomos del caballo de la literatura siempre fiel, que dormía plácidamente a su lado, esperándola cada noche. Y cada noche la literatura la esperaba a los pies de la torre que ella misma había creado, sirviéndole de escala que hasta lo más alto la llevara. Crecía entonces hasta proporciones de fábula y se erigía en Reina de su Mundo, creado desde el viento y el papel, desde la estrofa más sincera a la tinta jamás gobernada.
Creaba entonces personajes cuya sombra jugaba con las adversidades, cuentos de final incierto donde aún las ranas escondían sorpresas y dibujaba caminos que llevaban a lugares de ninguna parte, ansiosos de recibirla entre el verde de sus árboles y el celeste de sus cielos de cartulina.
En su Mundo ella llevaba la pluma del escritor y podía traspasarlo a escondidas cada noche. Tan sólo para ella, al menos de momento.
Algún día sus personajes tirarán de su manga y abrirán definitivamente la puerta entre los dos mundos y ella, Reina esquiva de relato ensoñador, percibirá con una sonrisa lo fugaz y lo perpetuo, lo brillante y lo escondido, lo sagaz y lo inocente de su obra.

lunes 26 de octubre de 2009

El Café de las Sombras...


Me gusta que mis palabras se choquen contra los aromas de este rincón abandonado de la ciudad. Situado entre dos calles derrotadas por el paso de los viandantes se refugia el Café de las Sombras al amparo de un edificio del siglo XIX. Entrar aquí es viajar a otra época y mis viajes al pasado hacen que el tiempo presente se detenga como en una página de libro a la que se le presta especial atención.
Al abrir la puerta me recibe el ordenado murmullo de los clientes y la portentosa voz de la Piquer y Berta, la ostentosa camarera me ofrece con su sonrisa enorme y su voz chillona las habituales formas de cortesía y mi rincón favorito.
Resguardado de las corrientes de la puerta de entrada y estratégicamente situado en el cristal que da a la calle, saco mi cuaderno mientras Berta ya coloca mi café humeante con un chorro de nata en una de las esquinas de mi mesa.
La soledad acompañada que me regalan los personajes que por aquí se dejan caer me brinda la serenidad necesaria para que las palabras lleguen a mis párpados, a mi mano y de ahí a mi pluma, que las derrama sobre el papel. Algunos de estos papeles escritos de manera salvaje (entendamos salvaje por instintiva) yacerán arrugados en la papelera que me acompaña. Otros, sin embargo, pasarán a formar parte de mi ejército de textos como eternos soldados de mis ataques a discrección contra amores y dudas. A pesar de que alguno de ellos morirá en la batalla contra mis inseguridades, otros llegarán hasta sus manos, de ahí a sus párpados y quizás, según quiero yo soñar, a su corazón.
No obstante, cuando nace de alguna parte de mí alguno de esos cúmulos de palabras, albergo siempre la tímida esperanza de que ser leído me lleve hasta sus ojos y pueda volver a perderme en sus pupilas irisadas de dulces brumas.
De este modo transcurren las horas al calor del Café de las Sombras, eternizadas en mis hojas que describen vientos y lluvias otoñales, amores y desganas, voces y susurros. Y puedo recuperar en ellas los acordes sentimentales que tañían dentro de mí en aquellos momentos en que fueron concebidas. Entonces vuelvo a mi mesa de siempre y la vuelvo a ver entrar con su aire tímido y arrebatador y pedir un café sentada en la mesa de en frente. Puedo entonces volver a ver su abrigo sobre la silla de al lado y su cuaderno idéntico al mío y su mano estilizada surcando el papel suave.

"Recuerdo entonces cuando te levantaste mientras yo te miraba furtivamente y nuestras miradas se cruzaron y cómo tú, distraídamente, abandonaste una de tus hojas sobre el mármol de tu mesa antes de cruzar para siempre (hasta el momento) la puerta del Café.
Mis manos alcanzaron torpemente el huérfano papel y mis ojos lo leyeron con avidez atropellada. Tan sólo el eco de tus palabras reflejado en él, con una voz dulce que tan sólo alcanzo a imaginar. Y en el papel amputado del cuaderno que te llevaste para siempre, escrita una frase comienzo quizás de algo más grave y extenso. Una frase que me hace volver todos los días a esa tarde de otoño, la más corta del año, al Café de las Sombras a buscar de nuevo tu abrigo y tu mesa ocupada y poder oir entonces de tus labios la frase que dejaste aquel día como por olvido sobre la mesa que yo escribía en mi cuaderno:"

Podría haberse pasado dos vidas sentado observándola y habría sido incapaz de levantarse para intercambiar unas palabras, quizás definitivas, con ella. Quizás la duda lo abrasaría para siempre cuando leyera las líneas que ella había dejado sobre la mesa al marcharse. Lo cierto es que había pasado de escritor a personaje por la voluntad de ella y así, con la esperanza de volverla a encontrar en el mismo sitio y a la misma hora, vendrá día tras día hasta que el tiempo concluya con ese encuentro soñado más allá de sus cuadernos. Mientras tanto, espera en el Café de las Sombras escribiendo historias que lo hagan sentir un poco más cerca de Ella de un modo que le devuelva la fugacidad de las hojas sobre el mármol otoñal.

viernes 23 de octubre de 2009

Días de otoño...


Me gustan los días de paraguas y de abrigos, de miradas furtivas y reuniones de cafetería. Esos días que no parecen de aquí en los que el sol sale con descaro a media mañana y nos inunda de calor al antojo de cualquier pretexto. Al salir a la calle despedidos por la almohada las farolas aún derraman su lechoso reflejo en las aceras y mis pies esquivan charcos con el dudoso sigilo del sueño mal disimulado.
Hoy me camuflo entre los árboles en el intento de fundirme con las gotas de lluvia y las hojas blandas y huérfanas me tienden una alfombra que me lleva de esquina en esquina. Intento evitar con mi paraguas las hordas de abrigos calados y bufandas prematuras hasta dar con el cristal que deja entrever tu rostro reflejado en la taza de café. Alzas la mirada y te topas con la mía, periódico en mano, rastro de noticias releídas.
Al amparo del aliento cálido de tostada y cafetera me recibes con las mejillas púrpuras y los ojos iluminados. Has olvidado tu paraguas y tus lágrimas en el tren. Hoy has empezado mal el día y la lluvia no acaba de diluir la tinta de las palabras pronunciadas a la ligera.
El camarero, seco como una estera por dentro y por fuera, anota mi desayuno y se aleja entre soñolientos clientes dejados caer de cualquier forma por los rincones de este improvisado refugio. Tu voz me aguarda al otro lado de la mesa y suena a noche mal dormida y reproche pronunciado con media sonrisa. Nos abandonamos al aroma que surge de nuestras tazas y enlazamos nuestros silencios en un gesto que provoca de inmediato un aislamiento del murmullo matutino de máquina de premio y cenicero.
Más tarde el sol juguetón de las once saldrá para unos más que para otros y se colará dentro de nosotros para acercarnos con su calor los ecos tibios del verano y entonces, ajenos al carrusel de paraguas en la entrada, tú y yo nos miraremos desde lejos, sin vernos, y las hojas habrán caído por el mejor de los motivos.

jueves 22 de octubre de 2009

Abril a través del espejo...


Abril volvió a mí, como si jamás se hubiera ido, a finales de octubre. Atravesó el espejo y acercó su mejilla a la mía, con gesto circular, suave, y se quedó con el paso de las páginas y de las manecillas del reloj para dejar su perfume entre mis dedos.
Pero Abril no es persona de gestos inconclusos y se empeñó en hacer de mis días libros de tacto viejo y aroma de biblioteca exquisitos. Me regaló amaneceres de café y puestas de sol derramadas en sus verdes ojos. Intuía en aquellos días, blandos aún por nuestra inexperiencia, que su presencia me humedecería los labios y me embaucaría en sueños de habitaciones llenas, de almohadas y miradas que se buscan.
Tan sólo hace un siglo de aquello y ya su risa ha adquirido el carácter de lo perpetuo. Y me siento al arrullo de sus interrogantes de terciopelo y de su filosofía de tintes orientales y me tumbo para acariciarla con mis pestañas, grandes como toboganes en su opinión de niña observadora.
Y Abril me contagia su brisa y la contemplo en su desnudez de copos de nieve derretidos en mis labios. Y la recorro con mis palabras, dejando caer mis versos sobre las curvas de su silueta, que se me insinúa salida del mar, como espuma de orilla mediterránea.
Abril me enseñó a esperar aunque no consiguió hacerme paciente y se reflejó en esta parte del espejo para que la imagen que nos susurrara fuese la que nos une hoy día. Por eso atravesó el espejo. Por eso se quedó en este lado, Abril.