
Me gusta que mis palabras se choquen contra los aromas de este rincón abandonado de la ciudad. Situado entre dos calles derrotadas por el paso de los viandantes se refugia el
Café de las Sombras al amparo de un edificio del siglo XIX. Entrar aquí es viajar a otra época y mis viajes al pasado hacen que el tiempo presente se detenga como en una página de libro a la que se le presta especial atención.
Al abrir la puerta me recibe el ordenado murmullo de los clientes y la portentosa voz de la Piquer y Berta, la ostentosa camarera me ofrece con su sonrisa enorme y su voz chillona las habituales formas de cortesía y mi rincón favorito.
Resguardado de las corrientes de la puerta de entrada y estratégicamente situado en el cristal que da a la calle, saco mi cuaderno mientras Berta ya coloca mi café humeante con un chorro de nata en una de las esquinas de mi mesa.
La soledad acompañada que me regalan los personajes que por aquí se dejan caer me brinda la serenidad necesaria para que las palabras lleguen a mis párpados, a mi mano y de ahí a mi pluma, que las derrama sobre el papel. Algunos de estos papeles escritos de manera salvaje (entendamos salvaje por instintiva) yacerán arrugados en la papelera que me acompaña. Otros, sin embargo, pasarán a formar parte de mi ejército de textos como eternos soldados de mis ataques a discrección contra amores y dudas. A pesar de que alguno de ellos morirá en la batalla contra mis inseguridades, otros llegarán hasta sus manos, de ahí a sus párpados y quizás, según quiero yo soñar, a su corazón.
No obstante, cuando nace de alguna parte de mí alguno de esos cúmulos de palabras, albergo siempre la tímida esperanza de que ser leído me lleve hasta sus ojos y pueda volver a perderme en sus pupilas irisadas de dulces brumas.
De este modo transcurren las horas al calor del
Café de las Sombras, eternizadas en mis hojas que describen vientos y lluvias otoñales, amores y desganas, voces y susurros. Y puedo recuperar en ellas los acordes sentimentales que tañían dentro de mí en aquellos momentos en que fueron concebidas. Entonces vuelvo a mi mesa de siempre y la vuelvo a ver entrar con su aire tímido y arrebatador y pedir un café sentada en la mesa de en frente. Puedo entonces volver a ver su abrigo sobre la silla de al lado y su cuaderno idéntico al mío y su mano estilizada surcando el papel suave.
"Recuerdo entonces cuando te levantaste mientras yo te miraba furtivamente y nuestras miradas se cruzaron y cómo tú, distraídamente, abandonaste una de tus hojas sobre el mármol de tu mesa antes de cruzar para siempre (hasta el momento) la puerta del Café.
Mis manos alcanzaron torpemente el huérfano papel y mis ojos lo leyeron con avidez atropellada. Tan sólo el eco de tus palabras reflejado en él, con una voz dulce que tan sólo alcanzo a imaginar. Y en el papel amputado del cuaderno que te llevaste para siempre, escrita una frase comienzo quizás de algo más grave y extenso. Una frase que me hace volver todos los días a esa tarde de otoño, la más corta del año, al
Café de las Sombras a buscar de nuevo tu abrigo y tu mesa ocupada y poder oir entonces de tus labios la frase que dejaste aquel día como por olvido sobre la mesa que yo escribía en mi cuaderno:"
Podría haberse pasado dos vidas sentado observándola y habría sido incapaz de levantarse para intercambiar unas palabras, quizás definitivas, con ella. Quizás la duda lo abrasaría para siempre cuando leyera las líneas que ella había dejado sobre la mesa al marcharse. Lo cierto es que había pasado de escritor a personaje por la voluntad de ella y así, con la esperanza de volverla a encontrar en el mismo sitio y a la misma hora, vendrá día tras día hasta que el tiempo concluya con ese encuentro soñado más allá de sus cuadernos. Mientras tanto, espera en el Café de las Sombras escribiendo historias que lo hagan sentir un poco más cerca de Ella de un modo que le devuelva la fugacidad de las hojas sobre el mármol otoñal.